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‘La atención como método cinematográfico’, de Claudia Gracia Asiaín

¿Cuándo empezó a acelerarse nuestro mundo? Desde comienzos del siglo XX, poco después del nacimiento del automóvil, buena parte de las élites ilustradas desarrollaron un amor temprano por la velocidad. Desde entonces, vamos derrapando por la vida y esos avances tuvieron la clara finalidad de acelerar la producción (en ese sentido, aceleración y capitalismo son conceptos íntimamente relacionados), pero también han ido permeando en nosotros mismos, ocasionando una transformación llegamos como podemos –si es que llegamos– a donde se supone que teníamos que llegar –lo cual tampoco queda claro.

Como respuestas rápidas a la pregunta inicial podríamos mencionar episodios históricos como la Revolución Industrial, Henry Ford y su cadena de producción o la Revolución Informática en la que seguimos inmersos. Todos esos avances tuvieron la clara finalidad de acelerar la producción (en ese sentido, aceleración y capitalismo son conceptos íntimamente relacionados), pero también han ido permeando en nosotros mismos, ocasionando una transformación psíquica en nuestra percepción del tiempo y en nuestra respuesta a qué hacer con ‘eso que se gasta’.

«El tipo de libertad realmente importante implica atención, conciencia y disciplina, y ser capaz de preocuparse de verdad por los demás», David Foster Wallace.

Por ello, me gustaría invitaros a pensar en la atención como posible remedio o amuleto de protección frente a los tiempos que corren (y en particular para la creación cinematográfica), en contraposición a lo ‘útil’, lo cuantificable o lo exclusivamente productivo.

Como toda generación, de alguna manera somos herederos de los modos de pensar y de hacer de los que vinieron antes que nosotros. En el entorno pedagógico actual resulta llamativo el aumento de casos de niños con Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Se trata, a mi juicio, de una sintomatología natural, teniendo en cuenta la enorme cantidad de estímulos a los que la mente se enfrenta a diario desde temprana edad. Surge, pues, la necesidad de introducir en la educación cinematográfica herramientas de lentitud y detenimiento conscientes para darse a uno mismo la posibilidad de crear. Porque, en mi opinión, solo se crea desde la atención.

Cuando hablamos del tiempo, decimos que lo ‘aprovechamos’ o bien lo ‘perdemos’. Nadie habla de ‘ganar’ tiempo (básicamente porque nadie puede posponer su muerte), y por tanto el tiempo es un contador que solo baja. Sin embargo, ganar tiempo sí es posible, si aprendemos a vivirlo desde la atención, haciendo que nuestra percepción del paso de las horas se ralentice. En realidad, ¿qué es perder el tiempo? Si viésemos al clásico jubilado mirando la obra no tardaríamos en decir que está malgastando su tiempo. Sin embargo, probablemente esa persona sea dueña de su ser y de su estar mucho más que quienes parecen estar haciendo cosas concretas, sin estar verdaderamente presentes.

«El poeta produce lo bello con la atención fija en lo real. De igual modo que un acto de amor», Simone Weil.

Permitirnos ‘perder el tiempo’ sin hacer nada productivo puede, irónicamente, darnos tiempo para dedicarlo a lo verdaderamente importante: pensar, sentir, imaginar, conectar… o hacer películas. El aburrimiento es un punto de partida imprescindible para cultivar el interior, para desarrollar un universo propio. Es tan necesario, pero tan molesto y fácil de esquivar, que rara vez conseguimos enfrentarnos a él y permanecer en ese estado –en particular los más jóvenes. Frente a él se presentan dos reacciones posibles: la frustración o la atención. Esta última, la que nos interesa, es una posición de apertura en la que tenemos tiempo para una percepción lúcida de la realidad. Y a partir de aquí, todo es creación. El primer paso para la ejercitación de las cualidades cinematográficas es el del entrenamiento de la mirada (lo que yo llamo el ‘ojo avizor’) a través de la atención.

Algunos ejercicios de dicho entrenamiento son heredados de ‘The Order of the Third Bird’, un grupo británico semi- clandestino fundado a principios del siglo XX, que exploró los modos de atención propios de la ornitología (el estudio y observación de las aves) y sus posibles aplicaciones en los campos del arte y la pedagogía. Otros provienen del estudio de la percepción de Aldous Huxley. Y otros simplemente provienen de la experiencia de mirar y sostener la mirada, por ejemplo, en las nubes. Pero todos tienen como finalidad ejercitar y transformar nuestra percepción visual.

Uno de esos ejercicios tiene por nombre ‘Afirmación, Negación, Especulación’. Llevarlo a cabo es muy sencillo: solo tenemos que situar en círculo a los participantes (nuestros compañeros de clase), escoger un objeto cualquiera (una fruta, dos ladrillos enfrentados, etc) y colocarlo en el centro. A continuación, cada uno enfocará su atención a lo que ese objeto es (fase de afirmación). Podríamos decir que es blanco, moldeable, comestible, macizo, que huele a huevo, que mide 1 metro y 2 centímetros… Es decir, señalamos aspectos fácticos del objeto. No hace falta permanecer sentados: de hecho, es aconsejable movernos por el espacio, incidir sobre el objeto, tocarlo y explorarlo. Lo importante es no cerrarnos a percibir el objeto por lo que ya sabemos que es, sino tratar de mirarlo por primera vez, despojándolo de las ideas preconcebidas que tenemos asociadas a él. Esta fase de afirmación se lleva a cabo en silencio y puede durar unos 6 minutos. Posteriormente, y también en silencio, cada uno apuntará en una hoja las conclusiones que haya sacado sobre el objeto.

«Los grandes actores, como los grandes directores, hacen el mismo trabajo: son grandes observadores de la realidad», Paolo Sorrentino.

 A continuación viene la fase de negación, en la que haremos lo mismo que antes pero esta vez apreciando todo lo que ese objeto no es –y después escribiéndolo en nuestra hoja. Por último, llevaremos a cabo la fase de especulación, en la que reflexionaremos sobre todo lo que ese objeto podría ser. Por ejemplo, observando en cierta ocasión un puñado de cerezas, se especuló con la posibilidad de que fueran satélites, granadas de mano, una ciudad explosiva… ¿Cuántas versiones, cuántas interpretaciones podemos sacar de un mismo objeto? ¿Hemos visto algo que nadie más ha visto? Antes de hacer este experimento, ¿podríamos imaginar en lo que se convertiría ese objeto en nuestra mente?

Es así como deberíamos ser capaces de mirar nuestro entorno, especialmente cuando vayamos a hacer una película (sea un cortometraje, un documental una animación…). Es decir: no quedarnos con la primera lectura de la información, sino ahondar y permitir que nuestra imaginación interactúe con lo que vemos. Desarrollar una mirada propia, independiente de lecturas globales. En definitiva, ver con identidad: ese es el germen de una independencia de pensamiento y, en mi opinión, también debería serlo de la creación cinematográfica.

«Si hay una fuerza vital en este mundo, ésa es la vida. La realidad es algo así como la constatación de la vida. La ficción es un producto vicario de la realidad: se limita a observarla y formular variantes que, de un modo u otro, imitan a la vida. En todo caso, queda claro que la ficción sin la realidad no es nada. Y no lo es, entre otras cosas, porque el ser humano es incapaz de inventar formas que no ha visto previamente», José María Guelbenzu.

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