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‘La escritura de diálogos’, por Eva Saiz para Platino EDUCA

Una vez leí lo siguiente: «Hay buenos dialoguistas y malos dialoguistas, porque escribir lo que dicen los personajes requiere una habilidad especial y no todos los escritores escriben igual de bien».

Escrito así, con tanta vehemencia, esto parece una verdad, pero es un poquito mentira. Un mito extendido sobre el misterio que ronda el proceso creativo. Y es que, muchas veces, imaginamos el proceso creativo como un trance divino y al escritor como alguien con una sensibilidad especial trabajando en un estado de enajenación que lo conecta con la historia y sus personajes.

Mi experiencia dice lo contrario y, para dejar clara mi opinión, a mí todo esto del talento divino me parece una gran estafa propia de quienes, imagino, nunca se han sentado delante de un ordenador a escribir. Escribir de verdad. Escribir hasta que te duele el culo de pasar tanto tiempo sentado en la silla.

Porque ese es el único misterio, o casi, de los diálogos y de la escritura en general: echarle horas.

Si bien es verdad que hay trucos que facilitan el proceso, me parecía importante matizar esto como punto de partida, ya que el primer truco y más importante es este: escribir es reescribir. Porque lo primero que te sale es siempre malo, y tampoco pasa nada.

La reescritura tiene que ver con la síntesis, eliminar lo que sobra de una primera escritura. Esconder en silencios lo que al principio es evidente o redundante. Porque esos diálogos tan originales, o tan naturales que parecen sacados de la vida, son el resultado de muchas horas de trabajo frente a la pantalla dejando hablar a los personajes hasta encontrar su voz, la palabra justa y el silencio.

El objetivo de Petra es conseguir dinero y su estrategia es robar un banco. (© ECAM 2020 – Rigel Pomares)
El objetivo de Petra es conseguir dinero y su estrategia es robar un banco. (© ECAM 2020 – Rigel Pomares)

La reescritura tiene que ver con la síntesis, eliminar lo que sobra de una primera escritura. Esconder en silencios lo que al principio es evidente o redundante. Porque esos diálogos tan originales, o tan naturales que parecen sacados de la vida, son el resultado de muchas horas de trabajo frente a la pantalla dejando hablar a los personajes hasta encontrar su voz, la palabra justa y el silencio.

Y para ello, lo primero que tenemos que hacer es definir al personaje.

Piensa en dos señoras mayores del barrio de Salamanca dando una vuelta por El Corte Inglés. Piensa en un matrimonio comparando el precio de los yogures del Mercadona. En dos jóvenes ejecutivos en una cafetería.

El objetivo de Petra es conseguir dinero y su estrategia es robar un banco. (© ECAM 2020 – Rigel Pomares)

Piensa en las conversaciones que tienen, en su manera de hablar, en sus acciones y gestos.

Igual que en la vida, los personajes tienen una voz clara, reconocible, irreemplazable, que varía en función de su edad, su sexo y su manera de entender el mundo (dinero, trabajo, pareja, religión…). La forma de hablar de un personaje lo define en muchos aspectos que no son explícitos, dependiendo de todas estas variables.

Ojo, esto no quiere decir que nuestros personajes tengan que ser clichés. No nos obliga a que las dos señoras que compran en El Corte Inglés vayan a misa los domingos o sean votantes de un determinado partido, al revés. Los personajes más interesantes están cargados de contradicciones.

Por ejemplo, si una se pone a robar productos de cosmética estaremos recibiendo más información que si la escuchamos comentar el bautizo de su nieto, porque rompe con la idea preconcebida que tenemos de ella convirtiéndola, inevitablemente, en alguien más interesante.

«Tus diálogos no son realistas» es una crítica común cuando escribimos un guion. Pero, vamos a ver… ¿acaso las películas lo son?

Piensa en cualquier serie de Netflix. Sex Education, por ejemplo. Que un adolescente virgen que vive con su madre, terapeuta sexual, comience a dar consejos sobre sexo a sus compañeros de instituto no es realista, pero es verosímil.

Lo verosímil es aquello que, aunque no sea real, es creíble dentro de la historia.

De esta forma, los diálogos han de ser verosímiles sin enfangarse como las conversaciones que nosotros tenemos en nuestro día a día –que son imperfectas porque normalmente decimos lo primero que se nos pasa por la cabeza.

Para que nos hagamos una idea, es aquello que te hubiera gustado decir pero que en ese momento no se te ocurrió. Cuando escribimos tenemos esa oportunidad de pensar en qué dicen los personajes y en por qué lo dicen, haciendo avanzar la historia hacia delante.

Vale, pero… ¿y de qué hablan?

En cada diálogo que escribimos los personajes tienen que tener un objetivo (algo que quieren) y un conflicto (aquello que le impide o dificulta conseguirlo). Aunque no sea evidente a simple vista siempre hay algo en juego, porque ese algo es el motor de la tensión.

Vayamos ahora a ese matrimonio que hemos dejado comparando los yogures en el Mercadona. Imaginemos que ella quiere llevarse unos de ciruela marca Activia (objetivo), pero él no quiere despilfarrar el dinero (conflicto) y prefiere comprar unos azucarados marca Hacendado. A partir de aquí salen objetivos nuevos para cada personaje. Quizá para ella los yogures Activia, recomendados para el buen tránsito intestinal, representan la promesa de una vida mejor. Unos yogures que, aunque no se puede permitir, acabarían sin duda con ese problema de estreñimiento que tanto amarga sus días, mientras que su marido, ajeno a este tormento, arrampla con los yogures azucarados porque está ahorrando para comprarse un aspirador sin cable.

El objetivo de Petra es conseguir dinero y su estrategia es robar un banco. (© ECAM 2020 – Rigel Pomares)

Así pues, he aquí un personaje que no consigue su objetivo. Un personaje que gana y un personaje que pierde.

Hasta aquí parece todo (más o menos) sencillo. Tenemos personajes y tenemos conflicto, pero nos falta algo fundamental para rematar un buen diálogo: el subtexto.

Los diálogos son como los chistes: si los explicas mucho pierden gracia. Lo interesante a veces no es lo que dicen los personajes, sino lo que no dicen. Eso es lo que le da sentido a la escena, lo que la hace ganar en profundidad.

El subtexto es aquello que los personajes quieren decir y no dicen pero expresan de otro modo.

Nos sentamos ahora con los dos jóvenes ejecutivos en la cafetería. Están hablando, dicen:

RAUL:
– ¿Al final qué has pedido?
JUAN CARLOS:
– Dos Cola Caos.
RAUL:
– Pero si soy intolerante a la lactosa.

El fragmento no revela qué relación hay entre ellos, pero la frase «¿al final qué has pedido?» sugiere que momentos antes hablaron de qué iban a tomar, y eso nos lleva a pensar que Juan Carlos es un tipo egoísta al que no le importa Raúl.

Y, además, «Dos Cola Caos» es más que una respuesta, porque también contiene subtexto: soy un poquito infantil.

Escribir diálogos es un proceso emocionante y divertido que puede llegar a convertirse en un auténtico calvario, pero eso también forma parte del proceso.

De todas formas, aquí apunto una serie de consejos para ir cogiendo músculo:

Escribe a cholón

Escribe del tirón, sin analizar mucho, haciendo que los diálogos de los personajes fluyan en tu cabeza. Luego llegará el momento de reescribir y entonces ya tendrás tiempo de estar atento a todas las cosas de las que hemos hablado antes.

Sal a la calle y afina el oído

Si estás en un lugar público y escuchas una conversación, cotillea. Fíjate en qué errores de puntuación tienen, cómo acortan ciertas palabras, cómo se comen otras.

No se trata de copiar todo lo que oyes, lo tienes que amoldar a tu escena, pero te servirá para darle organicidad a los diálogos.

El objetivo de Petra es conseguir dinero y su estrategia es robar un banco. (© ECAM 2020 – Rigel Pomares)

Mete tijera

Sustituye diálogo por descripción. Todo lo que se pueda decir con una imagen es mejor que decirlo con palabras en la boca de un personaje.

Sustituye cháchara por silencio. Muchas veces el espectador rellena el silencio con palabras en su cabeza y esa suele ser mejor opción. Además, no decir algo es, sin duda, decir algo, ya que el silencio es un gran aliado del subtexto.

Recorta los discursitos a la mínima expresión. Trata de no repetir ideas, de no ser redundante. Los parlamentos, cuanto más cortos, mejor –a no ser que estén muy justificados o que tu personaje, por definición, sea un plasta.

ACTIVIDADES 

1. Lee las siguientes preguntas y trata de responderlas en boca de algún amigo

¿En qué te crees diferente al resto?
¿Qué haces cuando tienes un problema?
Si pudieras pedir un deseo, ¿cuál sería?
¿Cuál es tu recuerdo más feliz?
¿Cuál es la característica que más te gusta de ti mismo?

No sólo se trata de imitar su manera de hablar, también es un ejercicio de empatía. Hay que ponerse en el lugar del otro e imaginar sus respuestas en función de cómo es el personaje amigo.

2. Un diálogo se puede escribir de muchas maneras con una misma premisa

Nuestra premisa será la siguiente: Un padre le dice a sus hijos que uno de ellos no es su hijo biológico.

Y a la hora de escribir la escena piensa en el contexto. Piensa que no será la misma escena si lo dice en una boda, que si lo dice por videollamada. De la misma forma, tampoco será igual si es un padre joven hablando con sus hijos pequeños o si es un abuelo senil hablándole a sus hijos ya adultos.

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